
Fotografía: Víctor Camacho
La Vida Lubbocka I Crónica literaria I Número # 2
BREVE RADIOGRAFÍA DE UNA TOCADA DE MONJA
Mónica Blumen / [email protected]
https://open.spotify.com/embed/track/4gcyZxhpQtz2kzmZsNZwP0?utm_source=generator
https://open.spotify.com/embed/track/3enghCLBydzuvSL7qkue0B?utm_source=generator
Son las once de la noche en cualquier bar de Ciudad Juárez, sea viernes o sábado. “Animal” (vocalista; Aarón Alonso) lleva una bolsita de regalo de papel destraza y busca un espejo para pintarse la cara. Si hay *backstage* lo hará ahí, si no, en alguna esquina, no importa que lo vean sus *fans*. “El gato negro” (guitarrista; Raúl Ramírez), Lalo (bajista) y Omar (guitarrista) acomodan el escenario, *stands*, cables. Revisan los niveles de audio. “Chino” (baterista; Luis Ortega) busca alguna amiga que esté dispuesta a llenarse las manos de témpera negra para que le haga una obra de arte en el pecho y la espalda. Las y los *rockers* asistentes se juntan enfrente del escenario. Cerveza en mano. Celulares listos para subir historias a *Instagram*. La música del lugar disminuye. El disparo continuo de la máquina de humo anuncia que la Monja va a empezar.
—¡Qué pinche miedo a la verga wey! —grita algún borracho solitario sentado en una mesa sombría, o tal vez rodeado de amigos payasos que lo hacen sentirse el muy valiente. Luces rojas bañan el escenario. El bajista y los guitarristas abren el *show* de espaldas.
Un *intro* de cánticos religiosos sumamente perturbadores penetra en lo más profundo de los oídos de todos los que estamos ahí. Quiere hacernos sentir incómodos, y lo logra. La banda usa faldas negras largas, tipo escocesas. Elegantes. Con botas estilo *Dr. Martens*. En conjunto se ven perversos. Tatuados. Sucios. Amantes del *rock*. Entregados a él.
Una nube de humo se disipa con suavidad. Un ambiente rojizo, incómodo y dotado de incertidumbre nos pone a la expectativa. No se sabe a ciencia cierta lo que va a pasar. El *show* tiene tintes de ser un *performance*. El baterista se alcanza a ver como una silueta al fondo. Como un ente que está próximo a reventar el escenario, agrediendo primero a la tarola. Luego, decidido a destrozar la batería completa. El *intro* continúa durante unos dos minutos. Todo se ve con más claridad.
Un demente sostiene una veladora prendida en cada mano con los brazos arriba. Está en el centro del escenario con un velo de encaje negro que le cubre la cara. Una especie de camiseta que parece más bien un par de medias negras rasgadas y adheridas a la piel. Es Animal. Es «La Monja Asesina». Tiene perfectamente sincronizado el tiempo para apagar las veladoras y arrancarse el velo de la cabeza. Aventarlo a un lado del escenario —jamás al público— y dejar ver su terrible maquillaje blanco y siniestro. Los ojos delineados de negro y una cruz invertida mal pintada en la frente. Su bigote espeso no va acorde a su personaje, por lo que genera un sentimiento de inestabilidad emocional. Una imagen que no es fácil de procesar. Algo esquizofrénico. En ese preciso momento estalla la banda. Él suelta carcajadas histriónicas al aire como el mismísimo Joaquin Phoenix interpretando al *Joker* en el metro de *Gotham City*.
Abren con «Quijada», su último lanzamiento. Los *rockers* mueven la cabeza con euforia, al ritmo de la música. Presumen su cabello largo. Expulsan la energía contenida acumulada en la semana. La euforia crece conforme avanzan las diez rolas del *setlist*. Tanto maquillaje en la cara de Animal, hace que la textura de su piel se vea rasposa, como el monstruo de *Frankenstein* de 1931. Oficialmente, puedo asegurar que estamos ante un *performance* de *neoterror. Neosatanismo*. Algo vil, pero que no deja de atraernos.
—Acérquense no los voy a matar no mamen —dice Animal entre rolas.
Es un *show* contradictorio. El bajista sexy de cabello largo, brazo izquierdo completamente tatuado, la personificación de un *rockstar*, no usa camiseta, lleva un demonio inmortalizado en el pecho y emite sonidos sucios desde sus cuerdas que abren la puerta a la locura de La Monja Asesina. A la personificación del *borderline.* El *rock* duro lo introduce al trance; a convulsionarse mientras escupe los pulmones.